El parlamento alemán sentencia el fin de la energía nuclear

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En nueve años las renovables podrían generar casi la mitad de la electricidad del país.

Importante voto el de ayer en el Bundestag de Berlín. Más de treinta años después del inicio del movimiento antinuclear en Alemania, el país echa el telón, unánimemente, sobre la energía atómica. 513 diputados sobre 600, cuatro de los cinco grupos parlamentarios, del gobierno y la oposición, votaron a favor de cerrar la última central en 2022, dentro de once años, a más tardar. El voto incluye una gran apuesta por la energía renovable en la principal economía europea, lo que no dejará de tener consecuencias.

En nueve años Alemania podría, técnicamente, generar con fuentes renovables casi la mitad de su electricidad, el 47%, el 23% de ella mediante la energía eólica, señala la asociación del sector. Hoy las renovables representan el 17% de la generación y las nucleares, con 17 centrales, el 22%. La ley que negocia el gobierno habla de “por lo menos un 35%” de la generación de origen renovable para el año 2020. En 2030 se podría llegar al 50% y en 2050 al 80%. Es una victoria del movimiento ciudadano y del Partido Verde, que ese movimiento fundó en 1980 y que hoy es un partido institucional convencional.

El objetivo de los verdes era el abandono de las nucleares en 2017. El partido decidió sacrificar los cinco años de diferencia en aras de un consenso nacional-parlamentario al que las fuerzas conservadoras del gobierno, la CDU-CSU y los liberales, han llegado por puro pragmatismo: después de Fukushima, insistir en las nucleares equivalía al suicidio electoral.

Aceptando el plan de Merkel en aras de un gran consenso, los verdes han evitado que la canciller Angela Merkel, una pronuclear reconvertida por las circunstancias, se ponga la medalla de la transición energética en el país. La decisión se produjo el sábado en un congreso especial del partido, que, indirectamente, acerca más a los verdes a un eventual escenario de coalición con la CDU.

“Apoyamos esta decisión por convicción, ustedes sólo por oportunismo político”, le dijo el líder socialdemócrata Sigmar Gabriel, a la canciller Merkel, cuyo ministro de medio ambiente, Norbert Röttgen, habló un “proyecto de unidad nacional” que ha sido, “resultado de un proceso de aprendizaje”. La frase fue acogida con aplausos burlescos del grupo parlamentario verde.

Ya nadie recuerda que cuando el movimiento antinuclear arrancaba en la Alemania de los años setenta, los dos partidos mayoritarios y los medios de comunicación retrataban el fenómeno como una peligrosa e insensata iniciativa. El Presidente de Baden-Württemberg, Hans Filbinger, decía que sin la contestada central nuclear de Wyhl, “las luces de nuestra región comenzarán a apagarse a finales de la década”. El que se apagó fue él: en 1978 tuvo que dimitir al conocerse su pasado como juez nazi responsable de sentencias de muerte. El movimiento ciudadano era criminalizado sin complejos. “Su núcleo lo forman puros terroristas, meros delincuentes”, decía el democristiano Gerhard Stoltenberg, presidente de la región de Schleswig-Holstein. “Hay que hablar no tanto de alborotadores como de terroristas”, decía el ministro de justicia, el socialdemócrata Hans-Jochen Vogel. Más tarde, en enero de 1980, cuando se fundó el Partido Verde, el ideólogo del SPD, Egon Bahr, anunciaba el nacimiento de un “peligro para la democracia”, mientras su colega Erhard Eppler comparaba la presión de las manifestaciones antinucleares con las marchas callejeras de las escuadras nazis de la S.A.

“Me siento orgullosa y emocionada”, dijo ayer la verde Renate Kunast, “al ver como ha triunfado un movimiento que fue discriminado y criminalizado durante años”, objeto de, “la resistencia de un poderoso oligopolio”. “Se acabaron las subvenciones millonarias a los consorcios nucleares”, añadió. “No es el final, estamos empezando”, concluyó. El grueso de la futura energía eólica se generará en las costas del norte, desde donde habrá que transportar la energía al sur mediante 3600 kilómetros de líneas de muy alta tensión con agresivas torres de ochenta metros, la opción de los consorcios. La próxima batalla por una energía más descentralizada y con cables enterrados está servida.

Fuente : LAVANGUARDIA.COM

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